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6.2.14

Una soledad demasiado ruidosa - Bohumil Hrabal



Con los años me acabé acostumbrando, cargaba bibliotecas enteras de libros que no tenían precio, encuadernados en piel y en marroquí, provenientes de castillos y palacios, llenaba con ellos vagones enteros y cuando tenía treinta vagones cargados, el tren se llevaba aquellos tesoros hacia Suiza y Austria, a corona el kilo. Empecé a encontrar en mi la fuerza necesaria para afrontar la desgracia con sangre fría, para disimular mi emoción, empecé a darme cuenta de que la devastación y la catástrofe son un espectáculo de una belleza exquisita, cargaba más y más vagones y más y más trenes que salían de la estación en dirección a occidente, a corona el kilo; apoyado en un poste seguía con la mirada el farolillo rojo que colgaba del último vagón, y me parecía a Leonardo da Vinci que, apoyado en una columna, miraba cómo los soldados franceses elegían su estatua ecuestre como blanco de sus disparos y la destruían y desmenuzaban, y, como yo ahora, también Leonardo se quedó observando atentamente y con satisfacción aquel espectáculo espantoso, y es que Leonardo sabía, ya en aquellos tiempos, que el cielo no es humano y que el hombre que piensa tampoco lo es.

Fotógrafo: Alfred Stieglitz

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